Poema XVIII: Baba Yaga

Baba Yaga

Está roto, dice ella.
Finalmente, se acabó. Las nubes se elevan y el cielo parece un torbellino de nostalgia. No recuerda cuándo empezó y cómo llegó allí. Ahora, el bosque se ve misterioso y aterrador.

Está roto, susurra.
Una pequeña lágrima recorre su mejilla. Ella se pregunta por qué el vacío. Los árboles están hechos de piedras que se sienten como algodón. Es confuso y fascinante.

Está roto, murmura. Se acerca un zorrito, le hace pis en la pierna y se va. Su nariz empieza a sangrar.
Está roto, tartamudea.

Se trata del duelo. Así es como se siente el duelo. Un ruido ensordecedor: un trueno o una bomba. Piensa en la soledad mientras sigue caminando. Al final del camino, hay una casa. Todo es negro. Las ventanas están cerradas y dos patas de pollo descansan en la parte trasera.

¿Eres Baba Yaga? Ella pregunta. La casa tiembla y se estremece, pero no hay respuesta. Se abre una persiana que parece un ojo curioso. ¿Se trata del duelo? ¿Se ha roto el hechizo? Pregunta de nuevo.

Una puerta está abierta de par en par. La casa se despierta, sacudiendo sus piernas. Déjame llevarte a un lugar más oscuro. Una vez allí, lo entenderás.

La nariz vuelve a sangrar. Las nubes están manchadas y la confusión parece una pintura cristiana. Los querubines con caras de diablo están haciendo un ruido ensordecedor: un trueno o una bomba.

La puerta está abierta de par en par, pero una vez dentro, todo sigue negro, seco, baboso y sin esperanza. La casa se está moviendo. Sus pasos son profundos. Van hasta el centro de la tierra —como raíces.

Pero, si no se puede romper, ¿Qué estoy haciendo aquí? Grita a las paredes. Las persianas se abren y la luz más brillante entra en la habitación. La casa responde pero ella no puede entenderlo. Se trata de un cántico agudo y doloroso. Está recitando las Escrituras y dice la verdad.

La puerta está abierta de par en par, respondió Baba Yaga.