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Ensayo

Ellen Fullman y el instrumento de cuerda larga – El deseo de conectar en soledad

“Aprende a disfrutar la soledad”, dijo Andrei Tarkovsky como ejemplo de resiliencia. Esa compleja cobardía de aprender y disfrutar del estar confinada contigo misma. Durante estos treinta y cinco días de soledad impuesta, mi cuerpo y mi cabeza se han convertido en receptores de experiencias eclécticas. Los cambios de humor son constantes, así como episodios agudos de sensibilidad emocional y mental que me han hecho creer que estoy perdiendo la cabeza. A veces se trata de una absoluta ausencia de energía. Como si tu cuerpo decidiera dejar de funcionar, pero desde una perspectiva de estados alterados.

Esta semana he visto cuerdas. Como conexiones invisibles. Desde el amor y el trauma. Y, a la vez, cómo metáforas cotidianas. Al tender la ropa y oír el roce del viento entre la tela y las cuerdas que la sostienen. Al imaginar la vibración de las líneas del tren mientras pasa, con esa frecuencia aguda, casi imperceptible. Visualizando tu sistema nervioso llevando información de un punto a otro como un rayo luminoso. O tu torrente sanguíneo transportando vida condensada y espesa. Ideas punzantes. Torres eléctricas. Cuerdas tensadas. Sintonizas, como una antena orgánica, con demasiada información al mismo tiempo. Vibras al unísono. Resuenas.

Es una belleza única, de esas que rompen el corazón. Es ahora, en soledad y confinamiento, que buscamos conectar. Es aquí donde las cuerdas se vuelven emocionales. Curiosamente es ahora que me siento más cercana a mis amigos y familia –de lo que he estado nunca. Una necesidad constante de poner los pies en la tierra –cuerdas como raíces. De darle sentido a este peculiar estado intermedio traduciendo epifanías vívidas como telarañas. Durante algunas fases de este despertar, las conexiones son cerebrales, casi cósmicas, haciéndote incapaz de empatizar con el mundo.

Las cuerdas me llevaron a indagar en el trabajo de Ellen Fullman, compositora minimalista nacida en Memphis, EEUU. Es conocida por la construcción de su Long String Instrument, una estructura de cuerdas de 21 metros de longitud. La razón de crearlo fue su fascinación e intención de definir “la realidad del espacio”. El tono que surge de este instrumento de cuerdas es tan bajo que el sonido es similar al que producen los cables eléctricos de los tranvías. Dependiendo de la tensión y la duración, los sonidos pueden producir frecuencias similares a reverberaciones cortas o ecos largos. Son como fantasmas renegados. El zumbido de una luz vibrante y sus reflejos errantes. El trabajo de Ellen ha estado asociado a grandes nombres del minimalismo y el avant-garde como Pauline Oliveros y Terry Riley, quien solía llamarla “la dama de las cuerdas”.

“Conocí a Ellen en 1980 en el festival ‘New Music American’ en Minneapolis. Llevaba una falda de metal plisada con cuerdas que iban amarradas a sus tobillos para que cuando caminara, las cuerdas se tensaran y sonaran. Ella llamó a la pieza ‘Street Walker’” – Pauline Oliveros.

Su discografía es variada, pero el uso que hace de las cuerdas como medio de creación es constante. Desde el lanzamiento de su álbum debut The Long String Instrument (1985) y su robusta continuación con In The Sea (1987) hasta sus numerosas colaboraciones, incluyendo Suspended Music (1997) junto a la Deep Listening Band (DLB) de Pauline Oliveros, o sus producciones más contemporáneas como Ort (2004) junto a Konrad Sprenger, y Through Glass Panes (2011).

El enfoque de Ellen en las vibraciones sutiles de las cuerdas y su relación con el espacio es la analogía perfecta para la delicada interacción que tenemos con nuestro entorno, con quienes somos y con aquellos que amamos. A veces las conexiones sólo vibran y sus tonos son bajos pero persistentes. Otras veces, hay conexiones que reverberan y rebotan como ecos largos. Incluso, hay algunas que te golpean como un rayo, inesperadas e intensas. Otras son como resonancias intentando retrasar el futuro: los armónicos cuelgan en el aire por más tiempo y así nos permitimos saborear los intervalos.

Cuando escucho In The Sea, pienso en una cita de Jacks McNamara, “los recuerdos se sienten como un déjà vu sucediendo bajo el agua hace mucho tiempo”. Me sumerjo en mi subconsciente. Desde aquí me permito oír mi propio ritmo, viajar a través de la intrincada interconexión de mis emociones. Acceder a ese espacio sensible es un regalo hermoso, aunque oscuro y doloroso. Es un proceso de reconciliación con tus patrones, tus fallos, el movimiento de tu cuerpo y la vibración de tus pensamientos. Es navegar entre estados alterados de genialidad y locura. Hipersensibilidad y fragilidad extrema. Es como si flotaras y rebotaras entre cuerdas intentando enmarcar y definir tu realidad vital.

¿Sabías que las cuerdas de bronce, a diferencia del acero, producen sonidos más cálidos?

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